En Stuttgart, bien lejos de casa, la Celeste volvió a sentirse acompañada como si jugara en Montevideo. En las tribunas del Porsche Arena, donde Uruguay disputó los tres partidos del Grupo C, la hinchada uruguaya aportó calor, color y una presencia que emocionó a jugadoras, cuerpo técnico y a toda la comunidad del handball.

 Entre quienes dijeron presente estuvo la historia de una familia que refleja lo que significa ser uruguayo en cualquier parte del mundo. Lucía Zelarayán vive hace veinte años en Stuttgart. Allí formó su vida, se casó con Wolfgang —alemán— y juntos criaron a sus dos hijos, Salvador de 13 años y Baltasar de 11, ambos nacidos en Alemania pero, como ella dice entre risas y orgullo, “más uruguayos que el dulce de leche”.

 Para esta familia, el Mundial era una oportunidad única: ver a la Celeste tan cerca del lugar donde hoy viven. Pero conseguir entradas no fue fácil. Los boletos estaban agotados y pensaron que se iban a quedar sin la posibilidad de vivir el torneo de cerca. Sin embargo, finalmente lograron conseguir cuatro para el último partido ante Islandia. Y así, con camisetas, bufandas y banderas celestes en mano, los cuatro marcharon rumbo al estadio listos para alentar.

Lucía lo resumió de manera perfecta: “Este partido no se lo olvidan más”. La emoción de estar ahí, de ver a Uruguay en un Mundial, de vibrar con los colores que llevan en el alma, fue un recuerdo que —según contó— quedará grabado para siempre para los cuatro.

Como ellos, también viajaron familiares que recorrieron miles de kilómetros y que desde hace años acompañan a sus hijas en cada competencia internacional. En los días previos, varios se movieron como quien busca un tesoro, tratando de conseguir una entrada para no perderse esa sensación única de vivir un pedacito de Uruguay lejos de Uruguay.

Adentro, la atmósfera fue inolvidable. Los colores azul y blanco, el sol de la bandera brillando, sonrisas, abrazos y gritos que se transformaron en una misma voz. Niños con camisetas de Uruguay, adultos con los ojos húmedos durante el himno, familias enteras celebrando cada gol como una afirmación de identidad.

En cada salida a la cancha, las jugadoras encontraron un rincón celeste alentando sin pausa. Cánticos, aplausos y gestos espontáneos que acompañaron cada minuto, sin importar el rival ni el marcador.

La historia de Lucía, Wolfgang, Salvador y Baltasar es una entre muchas, pero simboliza algo que volvió a quedar claro: donde juegue una selección uruguaya, siempre habrá hinchas presentes. El paisito viaja en la voz de su gente, y en Stuttgart, durante este Mundial, el Porsche Arena lo sintió de principio a fin.